Avisar de contenido inadecuado

Joseph Conrad.

{
}

 A comienzos de 1905, cuando Joseph Conrad y su familia viajaron a Capri, el escritor se encontraba bastante frustrado con su vida. El año anterior había terminado una de sus obras maestras, Nostromo , lo que le había granjeado algunos pocos comentarios favorables. Su nombre tenía ya un cierto prestigio en los círculos literarios ingleses.

Sin embargo, era una época extraordinariamente difícil. Su esposa Jessie tenía una dolencia en la rodilla, y había hecho el viaje en una silla de ruedas. Por otro lado, él nunca se había recuperado de sus ataques de gota y de las consecuencias de una malaria. El esfuerzo de escribir Nostromo lo había dejado exhausto. Pero este libro,

sin duda una obra maestra, había sido un fracaso en las ventas. Hasta entonces había vivido con préstamos bastante frecuentes de su agente Pinker. Y los ingresos por sus libros eran mínimos y sabía que lo seguirían siendo durante un tiempo (en una carta a un amigo contabilizó que sus ganancias del año 1908 llegaron apenas a las cinco libras).

Por otro lado, Nostromo no era una obra insular. Ya había escrito otros libros que él intuía que eran importantes (en realidad eran magníficos): El corazón de las tinieblas , El negro del Narciso y Lord Jim iban a ganar cada vez más lectores en el siglo que empezaba. Ninguna de éstas había sido bien recibida por el público. Pero él había estado seguro de que con Nostromo , la historia iba a cambiar.

Sin embargo, nada de eso ocurrió, y Nostromo sufrió la misma suerte de sus libros anteriores. Pocos lectores ingleses se interesaron.

Tratando de olvidar lo que consideraba un fracaso, Conrad sintió que podía sufrir un periodo de esterilidad. En una carta que le manda a Edmund Gosse desde Capri, le dice que teme sufrir el mal de aquello que Baudelaire llamaba la "esterilidad nerviosa del escritor". Ya por entonces Conrad comparaba la actividad del escritor a la del minero que horada mundos subterráneos. "Me siento como un excavador del carbón hundido en su fosa, que tiene que extraer sus frases de la noche", le escribe a Gosse. Más tarde, en otra carta, diría: "Durante todos estos años, a lo largo de mi trabajo, he vivido en una caverna sin ecos".

El viaje a Capri, sin embargo, tuvo un inesperado evento favorable. Conrad recibió la noticia de que el rey, en mérito a su dedicación al oficio literario, le ofrecía una donación de quinientas libras. Este dinero sería parte del fondo con el que Conrad iba a vivir mientras realizaba su venganza, una de las más extraordinarias de la historia literaria. Iba a salir publicada en 1907, bajo el título de El agente secreto .

A diferencia de sus libros anteriores, El agente secreto presenta personajes sombríos, a la vez violentos y banales. Es una novela sin héroes, su respuesta a una ciudad que lo rechazaba. Basada en un caso real, es ante todo la historia del señor Verloc, un hombre de aspecto opaco que camina por Londres con un abrigo en cuyo interior guarda un arsenal de explosivos. Verloc es un terrorista cuya misión (probablemente encargada por el gobierno ruso) es hacer volar el observatorio de Greenwich. Para ello, busca la ayuda de Stevie, el hermanito desvalido de su esposa Winnie. Cuando Stevie tropieza y cae llevando la bomba destinada a Greenwich, la policía británica tienen que buscar una escoba para recoger sus restos. Luego de que Winnie descubre que Verloc es responsable de la muerte de Stevie, se produce (en el largo y maravilloso capítulo once) una de las escenas de crimen más memorables que se hayan escrito. El señor Verloc ve a su mujer coger con movimientos pausados un cuchillo de trinchar ("lo suficientemente pausados para que él comprendiese plenamente el significado del portento y saborease el gusto de la muerte subiéndole por la garganta"). (Tomo la traducción de Héctor Silva en la edición de Cátedra. Madrid, 1995.) En su huida posterior, la señora Verloc topa a Ossipon con quien regresa a la casa para encontrar a Verloc, "mirándose fijamente el pecho izquierdo". Los capítulos once y doce de El agente secreto forman una secuencia extraordinaria, quizá lo mejor de una obra cumbre como la suya.

Aún así, cuando el libro sale publicado, Conrad es acusado de inmoralidad y de violencia en sus temas. Por lo demás, como siempre, es ignorado.

Sin embargo, cuando ya no esperaba el éxito, éste le llegó de pronto gracias a una novela llamada Chance (1914) que sin duda no es de las mejores. De pronto las numerosas ventas de Chance lo convierten inesperadamente en un hombre solvente. Hace un viaje con la familia a Polonia al año siguiente, pero felizmente mantiene con el éxito una relación distante. Sigue trabajando con una severidad implacable, inmune a los elogios y los réditos económicos (iba a convertirse en un ídolo en los Estados Unidos, a donde viajaría poco antes de su muerte). Publica al menos una obra maestra más, La línea de sombra, en 1917. Su temperamento ensimismado lo había protegido. Si había resistido al fracaso, resistiría al éxito con la misma perseverancia. Tenía la piel dura del solitario.

El eterno extranjero

Aún hoy, quizá Conrad tendría motivos para no sentirse del todo aceptado por los ingleses. No es de extrañar que el 150 aniversario de su nacimiento (el último tres de diciembre) haya pasado casi inadvertido. Una nota del diario The Independent hace notar que el único indicio que queda de la vida de Conrad en Londres (donde vivió durante largas temporadas) es una placa azul en Pimlico, en un edificio donde compartió un cuarto con varios otros huéspedes. Hay otra pequeña placa en Kent, donde vivió con su familia. Con ocasión de este aniversario, la Sociedad Conrad solicitó que el Servicio Postal hiciera un retrato del escritor, pero la petición cayó en saco roto. Y sin embargo, en una ocasión, Conrad le dijo a un amigo inglés, "Soy más inglés que tú, porque yo elegí serlo".

En realidad, Conrad no era un inglés ni un polaco ni un europeo ni un extranjero sino todo aquello junto. Hijo del nacionalista polaco Apollo Korzeniowski, a los cinco años (en 1862) acompaña a su padre y al resto de la familia a una prisión rusa, en Siberia, un castigo por sus actividades políticas. Poco después su madre muere de tuberculosis y cuando Conrad tiene apenas doce años, ve morir a su padre, que es enterrado en Cracovia. Huérfano de padre y madre, al cuidado de su tío Tadeo, en 1874, a los dieciséis años, abandona Polonia para ir a Marsella, donde iniciará su vida en la marina mercante. Para entonces, aunque era un muchacho, su vida había estado tan llena de eventos que tenía la experiencia de un adulto. Al subir al tren que lo exiliaba de Polonia, sintió que "se subía a un sueño".

A lo largo de su vida en la marina, llega a ser capitán de su propio barco y se interna en el Congo, de donde iba a extraer los materiales para El corazón de las tinieblas . Su visita a Venezuela y a Colombia, por otro lado, iban a servir de inspiración para Nostromo . Hoy hay un hotel en Hong Kong con una placa que afirma que Conrad durmió allí (se sabe que un devoto suyo, Graham Greene, logró dormir en la misma cama). En 1877, de vuelta en Marsella, participa en una organización que le contrabandea armas a los carlistas. Se enamora de una joven húngara llamada Paula, quizá una amante del mismo don Carlos. Como consecuencia de esta relación se bate a duelo con un americano llamado John Blunt. Un año después intenta suicidarse, disparándose un tiro en el pecho.

Su tío Tadeo va en su auxilio y le paga todas sus deudas. Pero en enero de 1894 sufre la desgracia de la muerte de su tío. Una parte de su vida ha terminado. Conrad deja para siempre su vida de marino. Ha decidido convertirse en un escritor con una novela llamada La locura de Almayer , que le dedica a su protector.

En 1896 iba a casarse con la inglesa Jessie George, una mecanógrafa de temperamento apacible, que administró lo mejor que pudo sus arranques de violencia y sus periodos de mutismo (lo que no le impidió ser un buen padre y esposo durante la mayor parte de su vida). En 1899 iba a publicar por entregas su primera obra maestra, El corazón de las tinieblas . En los treinta años que van de 1894 a 1924 (muere de un infarto en agosto de ese año), iba a dedicarse por entero a la literatura. Alguna vez iba a definir la vocación del escritor con una frase: "transformar la energía nerviosa en palabras".

Aunque no lo había aprendido del todo hasta los veintiún años (por entonces ya dominaba el francés), el inglés fue el idioma que eligió como lengua literaria. Quizá el hecho de que viera al idioma desde afuera lo ayudó a descubrir sus posibilidades mejor que un hablante nativo. El inglés de Conrad, que siempre iba a hablar con mucho acento, es uno de los más complejos e intensos de un escritor de esa lengua en cualquier época.

Era, por otro lado, un idioma con el que ya se había familiarizado en su infancia, gracias a las conversaciones sobre Shakespeare con su padre (uno de sus traductores). Según su biógrafo Leo Gurko, la idea shakesperiana de un héroe solitario, arrojado a un mundo hostil contra el que tiene que lidiar, aparece en los héroes conradianos con frecuencia. Nostromo , Lord Jim , Verloc, son en cierto modo reproducciones de Hamlet y de Otelo. El rasgo fundamental en todos ellos es la percepción de un entorno hostil, una sensación que es la típica de un hombre que siempre fue un extranjero.

Una ansiedad permanente

Las anécdotas de su vida son numerosas, quizá en algunos casos apócrifas, pero siempre verosímiles. Todas ellas corresponden a la persona que se definía a sí mismo como presa de "una ansiedad permanente". Una versión afirma que durante unos días, escogió para trabajar el baño de la casa, a donde no permitió el ingreso de su mujer y sus dos hijos para que no lo interrumpieran. Era un devoto del trabajo y había organizado la semana para que los martes fueran los días de más dedicación. Fue por eso que maldijo el hecho de que sus dos hijos nacieran un martes, lo que lo interrumpía gravemente. Su hijo Borys fue a la Primera Guerra Mundial. En una ocasión, cuando Jessie regresó a la casa, la criada le dijo que Conrad estaba encerrado en su habitación pues Borys había muerto en el frente. Sin embargo, ninguna carta o notificación había llegado. Cuando ella subió a verlo, Conrad le dijo: "¿No te das cuenta del valor de un presentimiento? Estoy seguro de que ha muerto". El presentimiento llegó a ser tan falso que un tiempo después, Conrad se preciaba de lo bien y rápido que manejaba automóviles Borys, ante el espanto de los reservados amigos ingleses como Ford Maddox Ford (autor de esa inolvidable novela llamada El buen soldado ). Cuando se casó con Jessie, le pidió que ella leyera en voz alta una de sus novelas. Ella aceptó emocionada pero él la interrumpía constantemente y llegó a achacarle que, como todos los ingleses, lo decía todo en el mismo tono. Al proponerle matrimonio, Conrad le había anunciado que no pensaba vivir muchos años y que no planeaba tener hijos ("¿Para qué quiere casarse entonces?", le preguntó su suegra). Era un tipo tan crispado que a veces, cuando la pluma se le caía, en vez de recogerla, expresaba su protesta golpeando la mesa sin parar. Vivía con tanta intensidad las historias de sus novelas que en 1910, después de publicar Bajo la mirada de Occidente cayó en cama con una fiebre delirante, durante la cual habló en voz alta, sin parar, con los personajes del libro. En una de sus cartas le pide a su agente Pinker (a quien le debemos que Conrad pudiera escribir), un adelanto (más) de cincuenta libras y además una pluma porque había tirado la suya desde el tercer piso. En una ocasión, cuando no encontraba su pluma, se la fue a reclamar a su esposa. Cuando ella le dijo que no la tenía se fue, tirando varias puertas en el camino. Odiaba y despreciaba a George Bernard Shaw, por considerar que éste tenía una visión "redentora" de la literatura. Le parecía absurdo pensar, como Shaw, que el escritor debía tener una función social. Cuando se enteró de las críticas de Shaw a su trabajo, decidió retarlo a duelo. Fue disuadido por Wells que le dijo que las frases de Shaw venían de su "humor" particular ("Humor es una palabra que él nunca entendió del todo", dijo después Wells). Detestaba también a Dostoievski pues le parecía que era un autor confuso y superficial y en cambio admiraba a Flaubert. Conoció a otro gran expatriado en Inglaterra -Henry James-, pero aunque cruzaron algunas cartas, no fueron realmente amigos. Sin embargo, Conrad admiraba profundamente al autor de Los embajadores . Definió la inspiración de James como un "manantial de magia". En sus cartas muestra su preocupación porque sus obras sean del agrado del maestro americano.

El uno y los otros

Una vida como la suya, marcada por la errancia, es la vida de un solitario. En uno de sus relatos, "Amy Foster", el polaco Yankoo llega a Kent donde va a ser rechazado como un extranjero. Sin embargo, Amy Foster se compadece de él y cree amarlo, sólo para rechazarlo al escuchar "algunas palabras incomprensibles" en su propio idioma.

Inglés por adopción, Conrad nunca sintió que lo fue del todo. Polaco exilado, no regresó a su país en muchos años. En una pequeña obra maestra, The Secret Sharer (El compañero secreto), el protagonista, otro solitario, encuentra compañía en el asesino Leggatt, a quien esconde en su camarote. Uno de los pasajes más memorables de toda la obra aparece al final, cuando

el narrador ve el sombrero blanco flotando en la inmensidad del agua, en el mismo lugar donde su compañero se había sumergido para "asumir su castigo, un hombre libre, un nadador orgulloso lanzado a su nuevo destino". Todos estos personajes ensimismados, errantes como su autor, son los héroes de una problemática de la soledad.

Su visión de la soledad se plantea en torno a las relaciones siempre imposibles entre el individuo y su entorno. Los esposos Verloc, por ejemplo, nunca se comunican realmente, como no lo hace ninguna pareja en su obra. En Lord Jim , Marlowe cuenta la historia del inexperto capitán de un navío a bordo del Patna. Cargado de peregrinos a La Meca, el navío parece encallar y Jim, el capitán, impelido por otros oficiales, abandona el barco. Luego, para su horror, se entera que el Patna no se ha hundido. Jim, que no ha cumplido la consigna de ser el último en abandonar el barco, es considerado un cobarde y se refugia en la remota localidad de Patusan, donde es acogido por los nativos. Sin embargo, el estigma lo persigue. Cuando el pasado, en la forma de un personaje llamado Gentleman Brown, llega, Jim va a resucitar los fantasmas de la culpa y el honor perdidos. Al final de la novela, va a aceptar su propia muerte.

Uno de los lugares comunes de la crítica -ya en vida de Conrad-, es señalar que el abandono que hace Jim del Patna es una metáfora del que hizo Conrad de Polonia, algo que muchos compatriotas le reprocharon. Conrad negó que Lord Jim tuviera nada que ver con el tema pero el hecho de que el nombre del barco tenga la primera y la última letra del nombre de Polonia (Polska), entre otros indicios, alimenta la teoría de que su inconsciente haya proyectado una historia de sus culpas reprimidas.

El nombre de Nostromo , uno de sus más grandes libros, también parece un símbolo. Nostromo o "nuestro hombre" (el hombre de la comunidad o del grupo) podría ser una manera de referirse al héroe de la novela. El personaje principal del libro es sin duda la plata de San Tomé, que ejerce una influencia en todos los personajes, en el ficticio país sudamericano de Costaguana. A diferencia de Jim, Nostromo es un héroe, valiente, confiable, lleno de recursos. Sin embargo, su dependencia con el grupo va a acabar con su heroísmo. De algún modo, para Conrad, el grupo es un enemigo natural del individuo. Solo en la soledad, en el aislamiento, en el mar, parece decirnos, puede el individuo mantener su pureza. Pero éste es un ideal inalcanzable. El grupo va a devorar a los individuos que se van a ver superados por una realidad mutable.

Según F.R. Leavis, en Nostromo Conrad se pregunta qué es aquello por lo que los hombres viven. ¿Qué es lo que le puede dar sentido, dirección y coherencia a una vida? En la novela, Charles Gould está casado con una noble y atractiva esposa, amada por todos, Gould sin embargo la va a reemplazar por su amor a la mina de plata. Nostromo , el capataz italiano por su parte, busca tener una buena reputación ("la generosidad es la más fina forma del egoísmo") pero va a sucumbir también a la tentación de la riqueza.

La mina de San Tomé devora la conciencia de quienes trabajan en ella; los nativos terminan ejecutando a Lord Jim : el entorno termina devorando o corrompiendo a los individuos. Ninguno de sus héroes logra preservar su individualidad, que es siempre ahogada por el grupo.

El universo visible

La soledad de sus personajes no sólo reproduce la de su vida sino de sus opciones como escritor. En el prólogo a El negro del Narciso , uno de los textos más emocionantes que se han escrito sobre el arte de escribir, Conrad rechaza todas las escuelas y define la escritura como la "tentativa de un espíritu individual para hacer justicia, lo mejor que se pueda, al universo visible". En este mismo texto afirma que "todo arte debe dirigirse en primer término al universo de los sentidos" y resalta que la primera función de un texto narrativo es "hacer ver" este "fragmento de vida". Sin embargo, Conrad evidentemente no es un escritor realista. En sus obras, con frecuencia sentimos que entramos en un universo de sueños y de pesadillas. La realidad tangible de estos escenarios funciona como punto de partida para la exploración de una metafísica. Sombras, rumores, visiones borrosas pueblan sus visiones nocturnas. No en balde puso en el inicio de "Un náufrago en las islas", la frase de Calderón: "La vida es sueño".

En sus cartas, confesaba que le interesaba contestar de alguna manera a la pregunta de qué es lo que hace que los seres humanos continúen con sus vidas, al margen de las leyes morales o de los principios legales. La respuesta, creo, es el apego a la realidad que los hombres comparten. Para Conrad, la realidad era un espacio infinito de exploración, un universo místico, inesperado, lleno de aventuras, capaz de producir la mayor variedad de registros. Ese apego a la aventura, a la exploración y al redescubrimiento de la realidad sostiene a sus héroes. Nunca quiso entender sino ser plenamente consciente de la vida de sus personajes y de la suya propia. La frase de Linda Viola a Nostromo en el final de la novela, lo expresa: "No lo puedo entender. Pero nunca te olvidaré. Nunca."

{
}
{
}

Deja tu comentario Joseph Conrad.

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre